
Arabia Saudita no es conocida precisamente por la articulación de sus políticas. Puede parecer algo sin importancia la posición de Riad sobre Líbano, cuyo Primer ministro, Saad Hariri, fue convocado por Riad para anunciar su renuncia y ofrecer una entrevista insensata antes de moverse a lo que parecía su exilio en París.
Pero mientras Arabia Saudita dice poco, sus partidarios en Washington dicen mucho. Elliott Abrams, uno de los más inteligentes críticos y analistas de política exterior de Estados Unidos, explicó detalladamente lo que parece ser la política de Arabia Saudita e Israel sobre Líbano.
Bajo el título “Realpolitik: los sauditas sacuden al Líbano”, Abrams escribió que Arabia Saudita finalmente llegó a la misma conclusión que Israel tiene: Líbano es un Estado inservible y una mera fachada de Hezbolá.
Como no tiene sentido que Israel diferencie entre los objetivos que son o no de Hezbolá en cualquier guerra futura contra el grupo, no tiene sentido que Arabia Saudita diferencie entre Hezbolá y los libaneses ajenos a este. Después de todo, el Estado y el ejército del Líbano son cómplices de Hezbolá, y deberían esperar un castigo similar de los gobiernos mundiales.
Abrams es uno de los más honestos y más importantes expertos en la materia. Él ayudó a gestionar la política del ex presidente George Bush de propagar la democracia americana en Oriente Medio. Cuando se presionó y el aliado de Washington, Hosni Mubarak, enfrentó una revuelta popular en Egipto, Abrams apoyó la revuelta y la democracia, incluso si esa democracia permitía la aparición de partidos islamistas.
Cuando los amigos de Abrams apoyaron el golpe de Estado del ministro de defensa Abdul-Fattah al-Sisi en Egipto, Abrams firmó peticiones en contra del golpe y a favor de la democracia.
Abrams tampoco fue con la corriente cuando muchos de sus amigos apoyaron a Donald Trump para ocupar la presidencia. Él firmó peticiones en contra de la toma de poder y debido a su posición, Trump vetó personalmente el nombramiento de Abrams para convertirse en subsecretario de Estado.
Sin embargo, cuando se trataba de Líbano, Abrams parece haber abandonado su posición independiente y respaldado los "temas de conversación" comunes que circulan entre los amigos de Arabia Saudita e Israel en Washington.
Abrams abre su análisis con un "poco de historia". Dice que Hezbolá se hizo cargo del Líbano en lo que fue equivalente a un golpe militar en 2008. Debido a que el Estado libanés se ha convertido en una mera fachada de la milicia pro Irán, es normal que aquellos que quieren acabar con Hezbolá terminen acabando con todo el país.
Abrams espera que aumentar la presión sobre los libaneses los empuje a derrotar a Hezbolá. Las sanciones económicas nunca han derrocado a ningún régimen a lo largo de la historia, desde el Iraq de Saddam Hussein hasta Irán y Corea del Norte; argumentar que Hezbolá usurpó el poder por la fuerza en el Líbano y sugerir que los libaneses deberían ser castigados para que se rebelen contra el grupo, es contradictorio.
Si Hezbolá tomó el Líbano por la fuerza, entonces solo la fuerza puede desalojar al partido. Y si los libaneses se ven obligados a vivir bajo el gobierno de Hezbolá, entonces, ¿por qué castigarlos con una fiesta?.
Abrams sugiere que los sauditas usen su poder para castigar a todo Líbano; castigar a Hezbolá. "El depósito saudí de USD860 millones en el Banco Central libanés, destinado a estabilizar la moneda de Líbano, podría ser retirado", escribe Abrams.
A su valor nominal, el depósito de Arabia parece considerable y capaz de desestabilizar el sistema monetario libanés. Pero el presidente del Banco Central del Líbano, Riyadh Salameh, dijo a Reuters en una entrevista que las reservas de divisas del banco son USD 44.000 millones, lo que significa que la retirada saudita de USD 850 millones no afectaría la estabilidad de la lira libanesa.
Abrams agrega: "Las remesas de los libaneses que trabajan fuera del país son fundamentales para la economía del país, constituyendo alrededor del 15 % de su PIB y los libaneses que trabajan en Arabia Saudita y sus aliados del Golfo brindan una porción significativa de eso". “Los trabajadores podrían empezar a ser enviados a casa", sostiene.
De los USD 7.500 millones en remesas que los libaneses envían a casa, se calcula que unos USD 2.200 millones provienen de los expatriados en el Golfo –quienes en su mayoría no son fanáticos o partidarios de Hezbolá-. Si Arabia Saudita los deporta, los Emiratos Árabes Unidos (EAU) harán lo mismo.
Catar y Kuwait, dos naciones del Golfo que albergan a un número considerable de trabajadores libaneses, así como Omán, probablemente no deportarán a sus libaneses.
Mientras que Arabia Saudita y los EAU deporten a sus expatriados libaneses perjudicando a miles de familias, tal medida restará máximo 3 % por ciento del PBI de Líbano, una pérdida que no es suficiente para dictar políticas en Beirut.
Abrams también escribe que el 80 % de "la inversión extranjera directa en el Líbano proviene del Golfo y podría disminuir precipitadamente".
Una vez más, no todo el Golfo se alineará detrás de Riad si ordena a que se deshaga del Líbano, y cualquiera que sea el porcentaje del embargo saudí, sus efectos pueden mitigarse por el hecho de que el dinero saudita está ligado principalmente a bienes raíces. Retirarlo puede deprimir los precios de los bienes raíces, pero no es una forma segura de sacudir la economía libanesa.
Finalmente, Abrams argumenta que "los turistas saudíes a Líbano aumentaron en un 86.77 % en los primeros siete meses de 2017 en comparación con el mismo período del año pasado". ¿Deberían "los saudíes y otras naciones del Golfo [decir] a sus ciudadanos que abandonen el Líbano?, esto afectará duramente a la industria del turismo", escribe Abrams. Pero no realmente.
El aumento en el número de turistas saudíes que cita Abrams no muestra su participación en el número total de turistas en el Líbano. Según cifras del mayor banco libanés, BLOM, la cantidad de turistas que visitaban Líbano a fines de mayo de 2017 era de 650.000.
De ellos, solo el 3.5 % eran saudíes y 873 emiratíes. El número de turistas de Arabia Saudita y los EAU a Líbano disminuye en comparación con, digamos, los turistas iraquíes, que constituyeron el 15 %, o 100.000 del total. Esto significa que, si Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos prohíben a sus ciudadanos visitar el Líbano, su ausencia no afectará a la industria turística libanesa, que constituye una quinta parte del PIB del país.
Tal vez para inflar el papel saudita y defender a los saudíes para castigar a Líbano, Abrams reúne una serie de números que parecen amenazantes, pero de hecho son pequeños cuando se los contextualiza. Esto significa que, si Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos deciden castigar a Líbano, su efecto puede no ser tan grande como se imaginó.
Si Arabia Saudita decide castigar económicamente a Líbano y fracasa, la medida puede ser contraproducente al evidenciar que la influencia del reino es mucho menor de lo que se sugiere. Si Arabia Saudita castiga al Líbano sin éxito, puede exponerse a sí mismo como un "emperador sin ropa".
*Maria Paula Triviño contribuyó con la redacción de esta nota.
*Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no reflejan necesariamente la política editorial de la Agencia Anadolu.
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